El olor forma parte de las características organolépticas de una seta y puede aportar pistas útiles para su estudio. Algunas especies recuerdan al anís, la harina, el rábano, el ajo, la fruta, la tierra húmeda o sustancias menos agradables, aunque la percepción puede variar entre personas.
Para describirlo conviene oler el ejemplar fresco y, en ocasiones, realizar un pequeño corte que libere mejor sus compuestos volátiles. El olor debe interpretarse junto con la morfología, el hábitat y otros rasgos, y nunca utilizarse por sí solo para decidir si una seta es comestible.