Hongos y sistema inmunológico: qué sabemos realmente

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  • Actualizado el 02 de Septiembre de 2026
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Hongos y sistema inmunológico: qué sabemos realmente

Los hongos contienen nutrientes y compuestos bioactivos que desde hace años despiertan interés científico por su posible relación con el sistema inmunológico. Entre ellos destacan determinados polisacáridos, especialmente los beta-glucanos, presentes en la pared celular de muchas especies.

Sin embargo, hablar de alimentos que «refuerzan las defensas» puede llevar a una conclusión demasiado simple. El sistema inmunitario es una red compleja de células, tejidos y señales químicas, y que una sustancia produzca una respuesta inmunológica en el laboratorio no significa necesariamente que comer un determinado hongo prevenga infecciones o evite enfermedades.

La investigación es interesante, pero conviene distinguir entre lo que sabemos con cierta seguridad, lo que todavía se está estudiando y las afirmaciones comerciales que van bastante más allá de la evidencia disponible.

¿Qué son los beta-glucanos de los hongos?

Los beta-glucanos son polisacáridos formados por cadenas de glucosa. Se encuentran en distintos organismos, entre ellos cereales, levaduras y hongos, aunque no todos los beta-glucanos tienen la misma estructura ni producen los mismos efectos biológicos.

En los hongos son frecuentes estructuras con enlaces beta-(1→3) y ramificaciones beta-(1→6). Estas moléculas pueden interactuar con receptores presentes en células del sistema inmunitario y por ello se estudian por su capacidad para modificar determinadas respuestas inmunológicas.

Este fenómeno se conoce como inmunomodulación.

La palabra es importante: inmunomodular no significa necesariamente «estimular» ni «reforzar». Una respuesta inmunitaria más intensa no siempre es mejor. El buen funcionamiento del sistema inmunológico depende precisamente de mantener un equilibrio adecuado entre activación, regulación y tolerancia.

Del laboratorio a las personas: una diferencia fundamental

Gran parte de la investigación sobre compuestos procedentes de hongos se ha realizado en cultivos celulares o animales. Estos estudios permiten conocer mecanismos biológicos y detectar moléculas potencialmente interesantes, pero no demuestran por sí solos un beneficio clínico en seres humanos.

También existen ensayos clínicos con beta-glucanos de origen fúngico y con extractos obtenidos de determinadas especies. Algunas investigaciones han encontrado cambios en parámetros inmunológicos o posibles efectos sobre determinados síntomas, pero los resultados no son uniformes.

Los estudios utilizan además productos muy diferentes entre sí: especies distintas, extractos diferentes, concentraciones variables y dosis que no pueden equipararse simplemente al consumo de una seta como alimento.

Por eso, a partir de la evidencia disponible no puede afirmarse de forma general que comer setas fortalezca el sistema inmunológico o prevenga infecciones.

Shiitake, maitake, reishi y otros hongos estudiados

Algunas especies han recibido especial atención científica. Entre las más conocidas se encuentran el shiitake (Lentinula edodes), el maitake (Grifola frondosa), el reishi —nombre aplicado a especies del género Ganoderma— y Trametes versicolor.

En ellas se han estudiado polisacáridos, beta-glucanos y otros compuestos bioactivos.

Eso no significa que todas tengan propiedades medicinales demostradas ni que puedan utilizarse indistintamente como alimentos, suplementos o medicamentos.

Por ejemplo, determinados compuestos aislados de hongos se han utilizado o estudiado como tratamientos complementarios en algunos países asiáticos, especialmente en oncología. Se trata de productos y contextos médicos específicos, no de una demostración de que consumir la seta correspondiente tenga el mismo efecto.

Conviene diferenciar siempre entre:

  • una seta consumida como alimento;

  • un extracto concentrado;

  • un compuesto aislado y estandarizado;

  • y un medicamento evaluado para una indicación determinada.

Que todos procedan originalmente de un hongo no los convierte en equivalentes.

¿Comer hongos puede prevenir infecciones?

No existen fundamentos suficientes para recomendar el consumo de setas como forma de prevenir infecciones víricas, bacterianas o fúngicas.

La idea resulta especialmente confusa cuando se habla de infecciones causadas por hongos. Que determinadas especies produzcan moléculas con actividad antimicrobiana en condiciones experimentales no significa que comer esos hongos proteja a una persona frente a una micosis.

La susceptibilidad a las infecciones depende de numerosos factores: estado general de salud, edad, determinadas enfermedades, tratamientos inmunosupresores, exposición al microorganismo y funcionamiento del propio sistema inmunitario, entre otros.

Ante una infección o un problema de salud debe recurrirse al diagnóstico y tratamiento sanitario correspondiente.

¿Y los llamados «hongos medicinales»?

El término «hongo medicinal» se utiliza habitualmente para referirse a especies empleadas tradicionalmente o investigadas por contener sustancias de interés biológico.

No constituye, por sí mismo, una garantía de eficacia terapéutica.

Reishi, maitake, shiitake, melena de león o cola de pavo aparecen con frecuencia en suplementos alimenticios y productos comercializados con afirmaciones relacionadas con inmunidad, energía, envejecimiento o incluso enfermedades concretas.

La existencia de investigación científica sobre una especie no demuestra automáticamente las afirmaciones realizadas sobre cualquier producto que la contenga.

La composición de los extractos puede variar según la especie utilizada, la parte del hongo, las condiciones de cultivo, el método de extracción y la concentración de sus componentes.

Además, los complementos no deben considerarse sustitutos de medicamentos ni de una alimentación equilibrada.

Los suplementos también pueden tener efectos adversos

Existe cierta tendencia a considerar que un producto procedente de un organismo natural es necesariamente inocuo. No es así.

Los extractos concentrados pueden producir efectos distintos a los del alimento del que proceden y también pueden interaccionar con medicamentos.

En el caso del reishi, por ejemplo, se han descrito posibles interacciones con anticoagulantes y medicamentos inmunosupresores, además de efectos adversos y casos de lesión hepática asociados a determinados productos.

Por este motivo, las personas que toman medicación, reciben tratamientos médicos, están embarazadas o padecen alguna enfermedad deberían consultar con un profesional sanitario antes de utilizar extractos o complementos de este tipo.

Especial precaución merece su uso durante tratamientos oncológicos o inmunológicos: un suplemento comercial no debe añadirse al tratamiento por iniciativa propia.

Entonces, ¿qué papel pueden tener las setas en nuestra alimentación?

Separar las afirmaciones exageradas de la evidencia científica no significa que las setas carezcan de interés nutricional.

Las especies comestibles pueden formar parte de una alimentación variada. Aportan agua, fibra y diferentes cantidades de proteínas, vitaminas, minerales y otros compuestos dependiendo de la especie, las condiciones de cultivo y su preparación.

Algunas contienen también beta-glucanos y otras moléculas que continúan siendo objeto de investigación.

Ese interés nutricional y científico es suficiente por sí mismo. No es necesario atribuirles propiedades preventivas o terapéuticas que todavía no se han demostrado.

Investigación prometedora no significa tratamiento demostrado

Los hongos representan una enorme fuente de diversidad química. De ellos han surgido sustancias de enorme importancia médica y continúan investigándose moléculas con posibles aplicaciones farmacológicas, inmunológicas y biotecnológicas.

Por eso estudiar los hongos y sus compuestos tiene un gran interés científico.

Pero existe una diferencia esencial entre descubrir que una molécula actúa sobre determinadas células, obtener resultados prometedores en animales, observar cambios en un pequeño ensayo clínico y demostrar finalmente que un tratamiento es seguro y eficaz.

Mantener esa diferencia ayuda a entender mejor la investigación y evita convertir resultados preliminares en consejos de salud.

Una cuestión de evidencia, no de expectativas

Los hongos contienen beta-glucanos y otros compuestos capaces de interactuar con distintos componentes del sistema inmunitario, y algunos de ellos continúan siendo objeto de investigación por su posible interés médico.

Eso no permite trasladar automáticamente esos resultados al consumo habitual de setas ni afirmar que comer hongos prevenga infecciones, evite enfermedades o «refuerce las defensas». Tampoco son equivalentes una seta utilizada como alimento, un extracto concentrado, un suplemento comercial y un compuesto estudiado en un contexto clínico.

Las setas comestibles pueden formar parte perfectamente de una alimentación variada y, al mismo tiempo, constituir una fuente interesante de sustancias para la investigación científica. No necesitan atribuciones terapéuticas exageradas para resultar valiosas.

En micología, como en cualquier ámbito relacionado con la salud, distinguir entre una posibilidad interesante y una afirmación demostrada es fundamental.

Disfrutar de las setas comestibles como parte de una alimentación variada es una cosa. Utilizarlas para tratar o prevenir una enfermedad es otra muy diferente.

En asuntos de salud, distinguir entre ambas es tan importante como distinguir correctamente una especie en el monte.

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